miércoles, 9 de julio de 2014

La renta básica de Podemos frente al espejo de Publio Clodio



Podemos y la Renta Básica

La irrupción de Podemos en el panorama político español ha supuesto un torbellino que promete arrasar las viejas estructuras de poder y cambiar las maneras de entender la política, cristalizadas desde el año 1978. Uno puede estar más o menos de acuerdo con sus propuestas, puede aceptar o no que su ideología esté trasnochada o que sus postulados recuerden demasiado al populismo latinoamericano. Lo que todo individuo sensato debe reconocer es que la organización de Pablo Iglesias ha sabido conectar con un electorado desencantado y harto de que los políticos representan más los intereses de las grandes empresas que los de los ciudadanos de a pie. No hay duda que Iglesias, como buen conocedor de la política y las estructuras de poder, ha medido muy bien los tiempos, ha sabido introducirse en los medios de comunicación, tanto en los afines como en los que le son abiertamente adversos, y ha logrado que su cara y su mensaje sean conocidos por casi todos los españoles. Antes de las elecciones europeas de 2014, Pablo Iglesias y Podemos eran mirados con condescendencia y paternalismo por unos partidos y unos medios de comunicación que se creían eternos e intocables. Después de haber obtenido más de un millón de votos y de convertirse en una de las primeras fuerzas en numerosos municipios, la condescendencia ha dado paso al miedo, al odio y la difamación. Y la maquinaria de generar mentiras ha comenzado a hacer su trabajo. Relaciones con la polémica democracia de Venezuela, supuestos asesoramientos al régimen de Irán y un dudoso posicionamiento respecto a la violencia de ETA han sido los argumentos estrella de quienes se llaman periodistas y sólo son voceros vendedores de panfletos. La profesión periodística ha caído en los últimos años en un desprestigio muy semejante al que ha tirado por el cieno la imagen de la política en España. Uno pensaba que estaba todo visto, pero está claro que los ataques a Podemos han inaugurado un nuevo periodo del “todo vale con tal de derrotar al enemigo”, muy semejante al que vivimos tras los atentados del once de marzo o los intentos de negociación del gobierno de Zapatero con la banda terrorista ETA. Difama, que algo queda, y además es gratis.
No hay duda de que con la mentira y la difamación se hace un daño mucho más rápido e inmediato que con la reflexión y la pedagogía. Pero en el caso de “Podemos” no hay que recurrir a las mentiras para señalar los que son los grandes puntos flacos de su programa de gobierno. Desde mi humilde experiencia y conocimiento de historiador, trataré de poner énfasis en una de sus grandes propuestas, tan alabadas como criticadas: la renta básica para todos los ciudadanos. Y lo haré, como no podía ser de otro modo, desde el paralelismo con la Historia de Roma.

La renta básica que Podemos contempla en su programa consiste básicamente en que el Estado se comprometa a pagar un sueldo mínimo a todos los ciudadanos sólo por el hecho de serlo. Desde su punto de vista, esta renta acabaría con la situación precaria e insostenible de todos los españoles que viven por debajo o en los límites del umbral de la pobreza por diversas circunstancias. Aunque en el programa no ofrecen qué cantidad contemplaría esta renta básica, algunos analistas, relacionándola con el ya citado umbral de la pobreza, lo han situado en torno a los 650 euros. ¿Habría algún requisito para cobrar esta renta básica? Ninguno. Basta con ser ciudadano del país para cobrarla. Es evidente que para muchas familias que no logran encontrar un sustento, esta renta básica supondría una salida para una situación insostenible de sufrimiento y precariedad. ¿Quién podría oponerse a que las familias necesitadas salgan de la pobreza y tengan una vida más digna? Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla.

Pablo Iglesias, líder de Podemos

Publio Clodio y los repartos de trigo

En el año 58 a.C. fue nombrado tribuno de la plebe uno de los personajes más interesantes de toda la historia romana: Publio Clodio. Nacido en el seno de una familia patricia, Clodio tenía muy claro que el tribunado de la plebe era la plataforma perfecta para saciar sus ambiciones de poder. En la Roma de finales de la República, la plebe urbana se había convertido en un instrumento de presión política muy poderoso. Quien controlara a la plebe controlaría en gran medida las elecciones y los diversos comicios. Quien controlara a la plebe urbana podría aprobar cualquier ley y ser elegido para casi cualquier magistratura. En definitiva, Clodio creía que quien controlara a la plebe, dominaría Roma. En un tiempo en el que las carestías de cereales eran frecuentes y en que las hambrunas diezmaban a los más pobres cada cierto tiempo, el acceso a los alimentos era la preocupación fundamental de las clases bajas. La población de Roma había crecido de forma exponencial en los siglos II y I a.C., y los campos del centro de Italia no bastaban para alimentar tantas bocas, motivo por el cual las importaciones de cereal aumentaron cada vez más, siempre en manos de senadores y caballeros, poco o nada preocupados en el bienestar de la plebe y mucho en sus beneficios pecuniarios. Una serie de malas cosechas, una sucesión de tempestades que hundieran los barcos, la piratería o, simplemente, la codicia de los comerciantes, podían causar que el precio del trigo en Roma se disparara y que el pueblo se muriera, literalmente de hambre. Publio Clodio supo aprovechar con inteligencia esta situación. ¿Qué demandaba una población temerosa de no poder acceder a los alimentos básicos? Un aprovisionamiento regular de comida ¿Qué estaría la plebe dispuesta a conceder a aquel político que les llenara el estómago? Cualquier cosa.


Nació así la lex Clodia frumentaria, según la cual el Estado romano debía proporcionar a todos los ciudadanos una cantidad mínima de trigo cada cierto tiempo, de forma gratuita y sin restricciones de ningún tipo. Los senadores conservadores se llevaron las manos a la cabeza. ¿Cómo iba el tesoro de la República a financiar los alimentos de toda la población de la Urbe? Aquella ley supondría la ruina, decían. Algunos aristócratas estaban sinceramente preocupados por el impacto que aquella medida tendría en el funcionamiento y la estabilidad del erario. Otros, la mayoría, temían por la rentabilidad de sus negocios y sus tierras si los tribunos de la plebe comenzaban a regalar trigo. Clodio no fue el primero que logró aprobar una lex frumentaria que contemplaba los repartos de trigo. Cayo Graco lo había intentado, desde una perspectiva totalemente diferente en el año 123 a.C., igual que lo había hecho Saturnino en el año 100 a.C. Pero Clodio fue el primero que decidió que el trigo debía repartirse gratis con independencia de cualquier requisito previo. El resultado inmediato fue que la plebe urbana se entregó en cuerpo y alma a los deseos de Publio Clodio, y éste logró un enorme poder político que utilizó para neutralizar a sus rivales, entre ellos Cicerón, y aprobar nuevos proyectos legislativos.

Foro romano

Al margen de las consecuencias que los repartos gratuitos de trigo tuvieron para el propio Clodio, la lex frumentaria creó un precedente que resultó ser desastroso para la política romana. En los últimos tiempos de la República, algunos políticos trataron de eliminar los repartos, pero con Augusto y sus descendientes, éstos se convirtieron en una de las bases de la política de los emperadores. Los repartos de trigo fueron el medio con el que los gobernantes aplacaban a la plebe de Roma, un colectivo que, con el tiempo, se acostumbró a ellos y provocó grandes motines cuando su periodicidad se vio alterada. Como criticaban los poetas satíricos, gracias a las leges frumentariae, el pueblo se limitaba a pedir su panem et circenses, pan y juegos de circo, sin preocuparse de nada más.

¿Trigo para todos en España?

Nos guste o no, seguimos siendo romanos. Los pueblos de orillas del Mediterráneo han mantenido la misma mentalidad latina que defendía que el trabajo es un mal que hay que evitar por todos los medios y que el mejor modo de vida es el del rentista ocioso. En el norte de Europa el protestantismo cambió en gran medida esta manera de entender el trabajo, pero en los países en los que el catolicismo siguió siendo la religión predominante, la idea de que el trabajo es un castigo de Dios tras el pecado original se consolidó con fuerza. Nuestra esencia romana nos dicta que si podemos vivir sin trabajar, lo hagamos. Cierto que en las últimas generaciones esta idea está empezando a cambiar, cierto que el respeto al trabajo comienza a abrirse paso. Pero no con la suficiente fuerza.

La renta básica que propone Podemos, como la lex frumentaria de Publio Clodio, convertiría a una parte de la población española, no me aventuro a decir en qué proporción, en un grupo parasitario que no se molestaría en buscar el sustento más allá de lo que el estado le garantizase por el simple hecho de ser ciudadano. Todos conocemos casos de individuos que si les diesen seiscientos euros por no hacer nada, dejarían de inmediato sus trabajos por mil euros. Todos conocemos casos de individuos que, de aprobarse esta renta básica, solicitarían la ayuda y seguirían cobrando en dinero negro. Todos conocemos casos de individuos que si pueden estafar al Estado, no sólo lo hacen sino que presumen de ello. Hay una parte de la población española que está más que predispuesta a convertirse en un parásito del resto. Y es, por desgracia, a esa parte a la que la renta básica solucionaría la vida.

Parados aguardando en la cola del INEM


Estos argumentos que presento, sin duda, podrían ser atacados desde muchos puntos de vista. Se me podría acusar de simplista, de pesimista, de demagogo o, lo que es peor, de neoliberal. Saben los dioses que intento no hacer en ninguna de estas posturas. Pero no puedo evitar una dosis de realismo en todas mis reflexiones. El español medio no es el sueco medio. El español medio, si puede estafar al Estado, estafa. No quiero ni mucho menos decir con esto, y aquí pongo la venda antes de recibir la herida, que los españoles que están en paro sean estafadores en potencia que desean vivir de los subsidios. Detrás del paro hay una realidad terrible y desoladora para quienes lo sufren. En España se pasa hambre, esa es una realidad incontestable que debería sonrojarnos a todos; pero los repartos de trigo gratuito no son el camino a largo plazo. 
   
Sin duda hay que aprobar medidas para combatir la situación precaria en la que se encuentran numerosas familias que, por diversos motivos, no consiguen alcanzar una renta que les permita subsistir pese a que se esfuerzan en ello. Pero dudo mucho que la solución pase por una renta básica para todos los ciudadanos. El ejemplo de Clodio demuestra que, cuando a un romano le regalas el trigo, el romano se conforma y deja de esforzarse para conseguir carne. Y, para bien y para mal, nosotros seguimos siendo romanos.