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¿Devorará el capitalismo al feminismo?

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La principal hipótesis del libro “El fin de la Historia y el último hombre” de Francis Fukuyama parece imponerse a medida que pasa el tiempo. El capitalismo ha ganado la partida. La lucha de clases ha terminado. No habrá más revoluciones, ni más utopías. El día que la URSS dio paso a ese estado corrupto en manos de una oligarquía plutocrática llamado Rusia, muchos se dieron cuenta de que el sueño había terminado. Lejos quedaban ya los tiempos de los puños en alto y la sangre derramada. Como bien dijo Ismael Serrano, bajo los adoquines no había arena de playa.

El capitalismo ha triunfado. Para bien o para mal, para alegría o para desgracia de la mayoría. Pero de poco sirve cerrar los ojos ante esta realidad. El día que una empresa comercializó camisetas con el rostro del Che impresas en ellas, y lo hizo obteniendo un beneficio brutal entre el precio que pagaba el consumidor y el coste de producir las camisetas en un taller del Tercer Mundo, se demostró que el capitalismo era capaz de fagocitar hasta los sueños del más puro y coherente marxista. Si Felipe González y Tony Blair fueron capaces de seguir llamándose a si mismos socialistas sin que en la sala se escuchara una carcajada general, no hay más remedio que concluir que los nombres que antes designaban profundas y revolucionarias ideologías no son hoy más que etiquetas en el cuello de una camiseta o títulos impresos en las papeletas de voto. El socialismo de hoy es una marca más que se vende en las rebajas.

¿Será capaz el capitalismo de absorber todas las luchas que siguen más o menos vivas? Basta analizar la evolución de algunos de los movimientos reivindicativos más activos en las últimas décadas para concluir que todo apunta a que puede ocurrir así. La lucha por los derechos LGTB comenzó siendo una revolución protagonizada por una parte de la población obligada a vivir en la marginalidad, perseguida por la policía, vinculada a enfermedades de transmisión sexual… y se ha convertido en los últimos años en una excusa perfecta para vender camisetas, cafés y habitaciones de hotel con el sello del arco iris. La población LGTB consiguió parte de sus objetivos (queda una infinidad de metas que alcanzar), pero muchos de ellos los alcanzó sólo cuando los mercados se dieron cuenta de que eran un colectivo al que podían convertir en un mercado objetivo. Este es, sin duda, un punto de vista, polémico, pero invito a todo aquel que no lo comparta a que eche un vistazo a las calles de cualquier ciudad durante las celebraciones del Orgullo LGTB y observen cuántos comercios y empresas utilizan la bandera del arco iris como gancho para atraer clientes y  mejorar sus resultados de caja.

Existen numerosos indicadores de que el feminismo y su lucha pueden estar siendo el nuevo objetivo de la voracidad devoradora del capitalismo. A pesar de que las corrientes del feminismo radical mantienen alta la bandera de una lucha que pretende desarrollarse al margen de los mercados y que repudia de forma explícita su utilización por parte de las empresas, cada vez vemos más iconos y lemas feministas en productos comerciales. Las editoriales luchan por hacerse con el último libro de autoras marcadamente feministas, las textiles incluyen frases de pensadoras feministas en sus camisetas y los partidos políticos se pelean por ocupar un puesto en la cabecera de las manifestaciones para salir en todas las fotos. 

El feminismo está logrando enormes avances hacia un mundo mejor para las mujeres, algo que se traduce en un mundo mejor para todos. Y sin embargo, existe la sombra de la duda acerca de si los logros se están alcanzando de la mano del capitalismo o a pesar del capitalismo. La polémica sigue abierta y son las mujeres feministas las que deben encontrar una respuesta. Pero hay algo que debemos tener claro: el capitalismo y sus adalides no van a renunciar a engullir una lucha que puede convertirse sin demasiadas dificultades en suculentos dividendos. 

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