Artículos

Ante el espejo de Cataluña

1504186439_058818_1504186564_noticia_normal.jpg

Partamos de un hecho: reconozco que mi posicionamiento ante el tema de Cataluña ha sido cambiante. Si hace unos años me hubieran preguntado por el independentismo catalán mi respuesta no habría diferido mucho de la que aún hoy siguen dando muchos miembros de la izquierda española. Nacionalismo e izquierda son incompatibles. El nacionalismo es un invento burgués para tapar las miserias del pueblo y movilizar a los obreros bajo una bandera de colores. La derecha catalana había comenzado una huída hacia adelante para evitar que sus muchas corruptelas y años de mal gobierno les pasaran factura en las urnas… Ideas que habría defendido con saña y tesón, a pesar incluso de no haberlas contrastado jamás un catalán de a pie. Con ningún catalán, de hecho. 

Mi evolución comenzó gracias al invento más maravilloso y diabólico del ser humano en los últimos tiempos: las redes sociales. Leer, escuchar, discutir, discrepar, ser insultado, palmeado, bloqueado, retwiteado, vejado y ensalzado por y a centenares de catalanes que tuvieron a bien interactuar conmigo me hicieron forjar una visión nueva. Más acertada, creo, pero desde luego también más humilde. Algunas de mis viejas creencias siguen ahí. La mayoría, podría decir. Sigo creyendo que el nacionalismo es un invento perverso para hacer que el trabajador muera orgulloso bajo un trapo de colores mientras el rico vende sigue haciendo negocios con la sangre derramada. Sigo teniendo serias dudas de que una ideología de izquierdas sea compatible con el nacionalismo. Y sigo creyendo que muchos de los grandes prohombres de la derecha catalana se han embarcado en un buque que ya no controlan y del que creyeron poder bajarse antes de que se estrellara o llegara a puerto, lo que antes ocurriera. En eso no he cambiado.

No quiero una Cataluña independiente. Pero sí quiero una Cataluña libre. Y si la independencia es el precio de la libertad, que así sea.  

Pero sí he visto que el tema de Cataluña va mucho más allá del nacionalismo. Que hay miles y miles de catalanes que no se definen y no pueden ser definidos como nacionalistas y que, aun así, quieren la independencia respecto a España. La cuestión es tan compleja como sencilla. Hemos probado a caminar con ustedes durante estos últimos siglos. Ahora queremos administrar nosotros nuestro dinero, nuestras relaciones internacionales y nuestra forma de gobierno. Sin más. Queremos votar para comprobar si somos una mayoría suficiente para iniciar esta andadura. Y queremos votar con garantías democráticas como corresponde a un estado moderno y democrático. Este es el independentismo al que apoyo sin fisuras.

Y no, hay muchas cosas del independentismo que no admito como legítimas y que por mi parte no quedan sin respuesta. No admito el discurso supremacista del catalán trabajador y esforzado frente al andaluz vago y parásito. No admito a los que se inventan la Historia y juegan con delirios que pretender vender un mundo catalán silenciado de personajes históricos nacidos en Reus y presentados como castellanos viejos. No admito el discurso de llamar colonos a los que fueron a trabajar una tierra con el sudor de su frente. No admito elevar a los altares de la dignidad a raperos mediocres cuyo único mérito es haberse convertido en tristes mártires de una causa que es mucho más limpia y pura que cualquiera de sus letras. 

Pero, curiosamente, esto mismo que yo no admito desde Madrid lo admiten mucho menos la mayor parte de los independentistas. No he encontrado a casi ningún independentista que creyera que Cervantes era catalán. Salvo contadas excepciones, pocos he visto que aplaudan los insultos supremacistas a andaluces y castellanos. Por lo general, la inmensa mayoría de los independentistas con los que he intercambiado opiniones son simplemente personas que quieren decidir acerca de su futuro en paz. Los hay que ofenden, que insultan y que se entregan a los delirios supremacistas, sin duda. Pero, por mucho que se empeñen algunos medios de comunicación, ni son muchos, ni son mayoría, ni han marcado el ritmo ni la dirección del proceso. 

Hoy, más que nunca, tengo clara mi postura. A pesar de que no comparto los objetivos de los independentistas, creo firmemente que los catalanes deberían poder decidir acerca de su futuro en libertad. Creo que ningún estado debería emplear la fuerza irracional de la forma en la que España lo ha hecho de en Cataluña. Creo que los lazos amarillos, hoy por hoy, me representan más que el oso y el madroño o que los colores rojo y gualda. 

No quiero una Cataluña independiente. Pero sí quiero una Cataluña libre. Y si la independencia es el precio de la libertad, que así sea.    

Ante el espejo de Cataluña nos hemos mirado todos. Y España, y todos los españoles, deberíamos reflexionar si lo que hemos visto en el reflejo es lo que queremos ser.

NocturnisComment