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Froilán y el síndrome de Calígula

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Pocos personajes de la historia de Roma han sido tan denostados de forma sistemática como el emperador Calígula. Fue tachado de loco, ególatra, asesino impenitente, impiadoso e impúdico por el biógrafo Suetonio, una especie de Jaime Peñafiel que en tiempos del emperador Adriano se dedicó a recopilar los trapos sucios de la casa imperial romana. Por desgracia,  la parte relativa al reinado de Calígula de los "Anales" de Tácito, un historiador de verdad, con auténtica ética, la hemos perdido, por lo que sólo contamos con el relato parcial y sesgado de Suetonio. ¿Se imaginan hacer historia de la casa real dentro de dos siglos utilizando las actuales páginas de la prensa rosa? Pues eso es exactamente lo que nos ocurre a los historiadores con Suetonio y el reinado de Calígula.
Calígula era hijo de Germánico, en su tiempo el niño bonito del Imperio. Atractivo, buen militar, simpático con la plebe y enamorado de su esposa Agripina. Germánico tenía todo a su favor para llegar a ocupar el trono imperial algún día como sobrino que era del emperador Tiberio. Allí donde iba, Germánico era tratado como un dios. Sus tropas sentían más fidelidad hacia él que hacia la propia Roma, mientras en Oriente, los súbditos de las provincias se inclinaban ante él y le hacían ofrendas. Germánico tenía a su favor dos cosas: se había criado en Roma, donde la divinización de los mortales era aún una costumbre demasiado reciente como para ser creíble, y tenía un buen fondo innato. Dos elementos que le ayudaron a mantener la cabeza en su sitio ante tanta adulación. No le ocurrió lo mismo a su hijo pequeño Cayo, conocido desde muy pronto como Calígula por las pequeñas botas de militar que lucía en su infancia. Calígula nació en un campamento militar, y desde la más tierna infancia se convirtió en el tesoro de todos los legionarios que luchaban a las órdenes de su padre. No es de extrañar que el niño creciera convencido de que era alguien especial, un ser tocado por la naturaleza de la divinidad para alcanzar todo lo que se propusiera. Cuando Germánico se trasladó a Oriente con su familia, la educación del joven Calígula terminó de torcerse del todo.  Los pueblos orientales estaban acostumbrados a la divinización de sus reyes y sus familias reales, por lo que con la llegada de las tropas romanas se limitaron a mantener este hábito. Calígula creció siendo considerado poco menos que un dios por los súbditos de su padre. ¿Qué puede esperarse de un niño que desde su nacimiento ha tenido todo cuanto ha querido, al que no se le ha inculcado más lección que la del orgullo y la soberbia? ¿Qué puede esperarse de un niño acostumbrado a que sus más retorcidos caprichos fueran casi leyes para toda una provincia romana? El loco emperador Calígula fue producto de su propia infancia. Germánico murió cuando su hijo era aún pequeño, y con el desapareció la único figura de referencia positiva que éste podría haber tenido a su alcance. Su madre, Agripina, mimó al muchacho todavía más a raíz de la muerte de sus dos hermanos mayores, víctimas de  la perfidia del emperador Tiberio.
El síndrome de Calígula afecta a todos los miembros de las casas reales y las elites políticas y económicas que desde niños han vivido el éxito y la prosperidad propios de su entorno. Lo han tenido todo sin haberse ganado nada. Han sido recompensados por la sociedad desde su salida del vientre materno con todo tipo de atenciones, miramientos y elogios, contando en muchas ocasiones con toda una cohorte de palmeros que rieran sus gracias y disculparan sus excesos. En la familia real española tenemos uno de estos casos de síndrome de Calígula: nuestro querido Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. Este ángel que los dioses enviaron para alegrar la vida de nuestros monarcas ha saltado en numerosas ocasiones a las primeras páginas de los tabloides por su manifiesta incapacidad de aprobar la secundaria por la vía ordinaria y haber tenido que ser incluido en un programa de diversificación, además de por sus amenazas al personal del centro en el que estudia, con un sonoro, casposo y prepotente “Tú no sabes quién soy yo”.

En el fondo, la figura de nuestro pequeño Calígula es comprensible. Un niño al que nunca se le ha negado nada, que cada año veía a su campechano abuelo salir en televisión por Nochebuena, cuya mamá era referente mundial de la hípica y la actividad solidaria… Un niño que entró en las casas de todos por sus simpáticas patadas a sus primos durante una solemne boda real. Travesuras que, en un momento dado, dejaron de serlo para convertirse en actitudes peligrosas. ¿Quién no habría actuado como el pequeño Froilán? Nuestro Calígula se cree un dios intocable, pero es solo porque entre todos se lo hemos hecho creer. Lo mismo que ocurrió con el hijo de Germánico.
Echemos un vistazo al futuro. ¿Hasta dónde llegará la deriva de Froilán? ¿Qué influencia tendrá sobre él el hecho de que su querida tía y su fornido esposo Urdangarín hayan salido absueltos de todos los cargos de corrupción y malversación que pesaban sobre ellos? El mensaje que el hispano y moderno Calígula recibirá es “no solo puedes comportarte como quieras, sino que puedes robar cuanto quieras de forma impune”. El espaldarazo que le faltaba para consolidar su actitud prepotente y altiva. ¿Y si por un absurdo azar de la vida la línea sucesoria sufriera un vuelco inesperado y en unos años nos viéramos bajo la égida del flamante Froilán I de España? ¿Convertiría este nuevo Calígula la Zarzuela en un burdel como hizo su ilustre antecesor con el palacio imperial de Roma? ¿Nombraría a su caballo presidente del Congreso? ¿Obligaría a las mujeres de los ministros a prostituirse para llenar las arcas del tesoro público? Es de suponer que, Res Publica mediante, no lleguemos a estos excesos. Pero si el destino nos deparara una sorpresa así no estaríamos más que recogiendo lo que durante años de adulación y servilismo hemos sembrado  ante los niños de las élites económicas y políticas, educados todos ellos como Calígulas en potencia.    

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