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El error de ilegalizar la Fundación Francisco Franco

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La Fundación Francisco Franco es una institución que repugna a cualquier demócrata que se precie. Una organización que dedica sus esfuerzos a enaltecer la figura y la obra de un dictador criminal es algo con lo que nadie que ame la democracia debería sentirse cómodo. No hay excusas. No valen los argumentos panfletarios de que Franco salvó a España del comunismo, de que gracias a él el país vivió su etapa de mayor prosperidad o que sin su concurso o no tendríamos democracia. Estas afirmaciones, además de ser mentiras que pueden ser desmontadas por cualquier historiador serio, jamás deberían servir como base para que un demócrata apoye la existencia de esta siniestra fundación. Quien lo haga y se denomine demócrata, que se lo haga mirar. 

Sin embargo, sentir repugnancia por algo no puede ser jamás excusa para pedir su ilegalización. Ilegalizar la Fundación Francisco Franco sería un error tremendo, un paso en falso imperdonable, que no nos podemos permitir. Las ideas, por muy repugnantes que nos resulten, han de combatirse con ideas. Lo contrario es un golpe a la libertad que puede llevarnos por un camino en cuya dirección nadie debería querer transitar. Me explico.

Recientemente, Albert Rivera se ha mostrado a favor de ilegalizar la Fundación Francisco Franco. Un golpe de efecto que ha sorprendido a muchos de sus seguidores de derechas y que ha dado al dirigente de la formación naranja una nueva pátina de político progresista de la que según las encuestas andaba muy necesitado. El problema es que a Albert Rivera, como a la señora Rosa Díez, su antecesora en el populismo patriotero, le gusta demasiado conjugar el verbo ilegalizar. Pide ilegalizar la Fundación Francisco Franco, y de esta manera se da el primer paso en un camino que, si de Rivera depende, continuaría con la ilegalización de todos los partidos que discrepen de la Constitución y de la sagrada unidad de España. No es la primera vez que políticos de su pelaje dejan caer la necesidad de mandar a la clandestinidad a todos los partidos independentistas, de forma que todo el que haga política en este país lo haga sin poner en tela de juicio el tan rancio y siniestro mantra de España una. Lo de grande y libre lo dejan para más adelante.

Si abrimos la ventanilla de las ilegalizaciones, como ya se hizo en su día con el entorno de la izquierda abertzale, nos encontraremos con peticiones de ilegalizar sindicatos, asociaciones culturales de izquierdas y de derechas. E incluso de volver a enviar a la actividad clandestina al inofensivo Partido Comunista de España y a todos los que gusten de lucir en sus emblemas una hoz y un martillo so pretexto de la defensa de las purgas de Stalin o las hambrunas de Mao. Nada comparable con la Fundación Francisco Franco, me dirán. De acuerdo, pero que no sea comparable no quiere decir que no se puede aplicar el mismo principio. Por paradójico que resulte, ilegalizar una fundación que sólo opera en el terreno de los ideas es el primer paso para recortar nuestras libertades en el futuro. 

La libertad es un término al que le sientan mal las limitaciones. Si a la libertad se le pone un límite por un lado, siempre habrá alguien que pida ponérselo por el otro. Si recortamos por aquí, siempre habrá alguien que pretenda y defienda recortar por allá. Privar a la Fundación Francisco Franco de su miserable y patética existencia marginal sería una victoria mínima que podría dar paso a una derrota inmensa. La derrota de todos los que creemos en el discurso libre, en la creación libre, en el debate libre. La derrota de todos los que creemos en la libertad.

Déjese a la Fundación Francisco Franco su parcela de ridícula influencia. Prívesele, eso por descontado, de cualquier tipo de subsidio o régimen fiscal favorable. Que devuelvan al Estado todos los documentos y materiales de carácter histórico relacionados con el dictador que atesoran y que jamás deberían considerarse patrimonio privado. Y que sigan agitando sus banderas y escupiendo su odio hasta que la noche de los tiempos los engulla de forma definitiva. 

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