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Leer con nuestros hijos

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Fomentar la lectura entre los más jóvenes es uno de los retos más complejos y laboriosos que tienen por delante padres y educadores. Superados ya los tiempos en los que se consideraba que la lectura era un vicio que en exceso podía afectar a las mentes más impresionables, hoy en día todo el mundo, con independencia de su ideología, acepta y respeta el valor positivo de la lectura. Leer te enriquece desde todos los puntos de vista, amplía tus conocimientos, te permite vivir experiencias nuevas, potencia la empatía, mantiene la mente activa y dinámica… La lista de beneficios que tiene la lectura se multiplican por diez si hablamos de niños y adolescentes. 

Sin embargo, docentes y padres no consiguen dar con la fórmula del éxito para motivar a los más jóvenes a la lectura. Incluso niños que hasta los diez años eran voraces consumidores de cuentos, se convierten en apáticos adolescentes que rechazan la palabra escrita como si se tratara de veneno. Parece evidente que, si bien no es una regla matemática, suele darse la norma de que un niño que crece en una casa con libros rodeado de gente aficionada a la lectura se convierte en mayor o menor medida en un buen lector. Aunque esto en ocasiones falla, sí suele cumplirse la premisa contraria: un niño que no tiene libros a su alcance y que no convive con modelos positivos de lectores adultos difícilmente será un lector, ni apasionado ni convencional.

Incluso cuando conseguimos que nuestros hijos o alumnos entren de lleno en el mundo de la lectura podemos cometer un terrible error, que no es otro que el de abandonar al joven lector a su suerte. Vivimos en un mundo en el que se controla, o se intenta, que los niños y adolescentes no consuman un determinado tipo de cine, que no tengan un acceso demasiado temprano a la pornografía. Sin embargo, no tenemos cuidado alguno en el tipo de lecturas que cae en manos de los jóvenes. Es casi sistemático: cuando vemos a un niño o un adolescente con un libro en las manos ya damos nuestra aprobación. Un gesto comprensible y correcto hasta cierto punto, pero siempre incompleto.

Los primeros pasos por la lectura de un niño o un adolescente han de darse acompañados. La lectura es un arma poderosa, que puede enriquecer al lector, pero que también puede llevarle a normalizar determinados temas o actitudes, algo que podría tener consecuencias muy negativas. Podemos poner como ejemplo las novelas del autor italiano Federico Moccia, un autor que experimentó una gran fama hace unos años por sus novelas románticas ambientadas en los suburbios de Italia. Grupos de adolescentes que viven, aman y sufren, y con los que los lectores pueden sentirse identificados con facilidad. Con demasiada facilidad. Las novelas de Federico Moccia no sólo cuentan historias de amor, transmiten y normalizan un mundo machista que, si bien es firme reflejo de la realidad italiana, pueden hacer que en el adolescente arraiguen los peores mitos del amor romántico. El ejemplo más claro es un personaje que golpea a su novia y pocas páginas después encuentra un nuevo amor, sin nota alguna de censura por parte del autor. 

Algo semejante ocurre con otros éxitos editoriales como las sagas “Cincuenta sombras de Grey” o “Crepúsculo”. Historias en ambos casos que muestran los celos extremos como una prueba de amor verdadero y la visión de una relación como un juego de posesiones y controles que en este mundo ficticio siempre tienen final feliz. ¿Qué ocurre cuando un adolescente crea su propia concepción del amor siguiendo estos modelos? ¿Qué ocurre en el interior del joven que devora con pasión estas novelas y construye su mundo simbólico con estos personajes como ejemplos? El resultado no es otro que la perpetuación de un mundo machista y violento en el que actitudes como el control de la pareja y los celos patológicos se siguen viendo con indulgencia como muestras de amor en lugar de como indicios de que algo peor está a punto de llegar.

¿Quiere decir esto que debemos prohibir a los adolescentes la lectura de estas y otras novelas semejantes? Nada más lejos de mi intención. Al igual que considero que el arte y la creación artística deben ser libres, también debe serlo el acceso al arte. Ninguna censura debería existir en este campo; ninguna prohibición debería pesar en el acceso a la literatura. No es una cuestión de prohibir, sino de acompañar. Si nuestro hijo o alumno muestra el deseo de leer una de estas novelas no sólo no debemos prohibírselo sino que debemos animarle a ello. Acto y seguido lo que debemos hacer es leer nosotros mismos la novela en cuestión en caso de no haberlo hecho ya, de modo que podamos hablar con el adolescente de lo que va leyendo. Pedirle su opinión, ayudarle a ver las cosas en su contexto adecuado, ofrecerle modelos alternativos de comportamiento a los que aparecen en la historia… En definitiva, acompañar al joven en la lectura de forma que ésta le resulte más provechosa y sea capaz de filtrar los elementos que no deseamos que absorba sin crítica. 

¿Dejaríamos a nuestros hijos que comieran algo que nosotros mismos no comeríamos? Lo mismo ocurre con la literatura. La lectura no puede ser en los jóvenes un proceso solitario, sino que, como tantas otras cosas en este momento de formación y aprendizaje, debe ser un proceso acompañado en el que nuestra experiencia ayude a tamizar detalles y profundizar en contenidos. 

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