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Libertad o barbarie

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La ola ultraderechista que sacude el mundo desde hace unos años ya no es una hipótesis: es una realidad. La victoria de Bolsonaro en Brasil ha confirmado los peores temores: triunfan las ideas reaccionarias y la restricción de las libertades en pro de una supuesta seguridad y una mayor estabilidad económica. De poco sirve hablar de auges del fascismo y buscar comparativas con otros momentos de la historia, ya que esta ultraderecha poco tiene que ver con los experimentos totalitarios de los años treinta y cuarenta del siglo XX. La ultraderecha ha aprendido a adaptarse a los nuevos tiempos, ha adaptado su mensaje, ha moderado algunos tonos y, aunque sigue siendo igualmente peligrosa, ha sabido crecer sin llamar demasiado la atención.

La aparición de estos nuevos fenómenos ha pillado a los partidos tradicionales con el pie cambiado. Conservadores, liberales y socialdemócratas han estado demasiado centrados en sus propias diferencias y en gestionar una crisis económica y política de la que en gran medida son culpables y no se han dad cuenta de una realidad tristemente dolorosa: cuando uno abandona las calles otro ocupa su lugar. A medida que la gente dejaba de creer en la política y viejas soluciones utópicas y revolucionarias, como el socialismo marxista, perdían prestigio víctimas de sus propias experiencias y de la propaganda diaria de los medios, la ultraderecha ha conectado con una parte de la población, y para llegar hasta ella sí ha utilizado las mismas estrategias que usaron fascistas italianos y nazis alemanes hace ya casi un siglo. Buscar un enemigo, tanto interior como exterior. Apelar a valores irracionales, como la patria, la divinidad, la historia o el pueblo. Aprovechar el miedo a la pobreza y el hambre que ha crecido desde el estallido de la última crisis global. Azuzar el miedo al socialismo como culpable de las grandes miserias de la humanidad en los últimos siglos. Toda la estrategia, al y fin y al cabo, se reduce a lo mismo. Enarbolar la bandera del miedo para lograr que un pueblo atemorizado se refugie bajo dicha bandera.

La consecuencia inmediata de estas victorias de la ultraderecha en todo el mundo será una reducción de las libertades personales que con tanto esfuerzo se han conseguido en las últimas décadas. La libertad de movimiento de los individuos se verá limitada por fronteras más altas y más militarizadas. La libertad de expresión y de imprenta vivirá una nueva censura y volveremos a ver (en algunos países nunca lo hemos dejado de ver) a escritores y pensadores encarcelados o perseguidos por atreverse a pensar de forma distinta. La libertad sexual y amorosa será otra de las víctimas, y caerá en forma de nuevas leyes que penalizarán las relaciones que se salgan de la norma tradicional. La libertad, en toda su extensión, se verá recortada y encorsetada, y esto es tanto como decir que dejará de existir. 

Los demócratas, aquellos que creen que la democracia y la libertad deben estar por encima de todos los valores, tienen que buscar un nuevo posicionamiento desde el que trabajar y desde el que construir una nueva propuesta que cale en la ciudadanía.

¿Qué respuesta queda ante esta oleada? Los demócratas, aquellos que creen que la democracia y la libertad deben estar por encima de todos los valores, tienen que buscar un nuevo posicionamiento desde el que trabajar y desde el que construir una nueva propuesta que cale en la ciudadanía. Una propuesta que sólo puede partir de la afirmación de la libertad como valor absoluto, radical y esencial. Absoluto porque la libertad a la que se ponen cadenas irracionales deja de ser libertad. Radical porque todos los valores de esta propuesta deben tener como raíz principal dicha libertad. Y esencial porque, al fin y al cabo, es la libertad lo que nos define como seres humanos, lo que constituye nuestra esencia más íntima. 

No estamos inventando nada nuevo. Esta recuperación de la libertad como valor primordial es lo que movió a muchos de los pensadores de la Ilustración. Fue la fuerza que barrió a las monarquías absolutas y de la que han bebido las grandes revoluciones de nuestro tiempo. La libertad ha estado siempre ahí como valor a reivindicar, pero por algún motivo le hemos dado la espalda para primar otros igual de arcaicos como la seguridad, la patria o la divinidad.

Recuperar la libertad como eje esencial de nuestra sociedad no será sencillo ni estará exento de polémicas. Habrá que debatir acerca de qué es exactamente la libertad y si ésta puede darse si el individuo no cuenta con las condiciones materiales mínimas para poder ejercerla con plenitud. Habrá que hablar de estado de bienestar, de renuncia voluntaria a determinadas libertades, de redistribución de la riqueza y de libre mercado. Habrá que hablar de todo ello, y habrá que hacerlo en un marco de concordia y con una constante y transparente política de comunicación que haga que la libertad vuelva a llenar las calles y expulse a los fantasmas, que no son tan fantasmas de los viejos totalitarismos con nuevos ropajes. 

Socialdemócratas y liberales tendrán que volver a hablar y encontrar unas bases comunes, o de lo contrario habremos perdido la partida y todas las luchas sostenidas durante décadas no habrán servido absolutamente de nada.  

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