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Ni lucha ni deja luchar

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Mariano es un tipo coherente. Padre de familia, trabaja en la misma oficina desde hace treinta años. Pretende jubilarse dentro de diez. Ya tiene comprado su apartamento en Torrevieja. A veinte kilómetros de la playa. Un sueño hecho realidad.

Mariano siempre es el primero en llegar a la oficina. La primera hora la dedica a la noble tarea de fiscalizar a qué hora entran los demás. Lleva un apunte mental de la hora a la que llegan todos sus compañeros, incluso de sus superiores. Naturalmente, no controla a qué hora llega el Gran Jefe. El Gran Jefe está ahí por méritos propios y tiene el privilegio de llegar cuando quiere. Mariano tiene muy claro que el que llega arriba es porque se lo merece. No en vano, él se define como liberal. Ve a sus compañeros como parásitos, siempre dispuestos a chupar la sangre de la empresa, a fingir una baja, incluso de maternidad si es necesario. Mariano toma nota de todo. Siempre hay alguna pausa en el café, alguna cena de navidad, en la que deslizar al Gran Jefe todos aquellos datos sobre sus compañeros. Una hora después de llegar al trabajo, Mariano enciende el ordenador y empieza a trabajar.

Mariano odia a los sindicalistas. Para él son simples vagos que se amparan en unos supuestos derechos para trabajar menos horas que el resto. Cuando se convoca una huelga él acude ufano a su puesto de trabajo, dejando muy claro que cualquier piquete que se cruce en su camino tendrá que vérselas con él. Para Mariano la huelga no es un derecho, sino un exceso. Cada vez que escucha la palabra huelga el vello de sus brazos se eriza. Huelga de transporte público que le obliga a llevar a sus hijos al colegio. Huelga de estudiantes que piden a gritos que vuelva el servicio militar. Huelga de controladores aéreos que perjudican a los viajeros. Huelgas y manifestaciones que conculcan su sagrado derecho a trabajar y pasear por la calle sin encontrarse con disturbios. Un pico y una pala les daba yo a estos, dice Mariano a menudo. Mariano nunca ha cogido un pico. Ni una pala.

Mariano odia a las feministas. Si sale el tema de conversación, él deja claro que no cree en el machismo ni en el feminismo, sino en la igualdad. Opina con vehemencia que las feminazis son mujeres amargadas que odian a los varones por rencor de solteronas. No descarta que la mayoría sean en realidad lesbianas faltas de una cata de penes. ¿Eres machista, Mariano? Mariano alza la cabeza indignado. Él ayuda a su mujer en las tareas del hogar. Él nunca ha pegado a su mujer. ¿Cómo va a ser él machista? 

Mariano se indigna cada vez que comparte mesa con un vegetariano o un vegano. Aunque el comensal en cuestión pida con discreción su plato sin carne, Mariano siente la imperiosa necesidad de aconsejarle que pruebe el jamón y el solomillo. ¿Acaso no han oido hablar de la carencia de vitamina B12 que afecta a quienes no comen carne? El ser humano es omnívoro por naturaleza, dice Mariano repitiendo un argumento que ha escuchado en la radio. Si la comida está regada con vino abundante y el vegetariano o vegano continúa sentado a la mesa al llegar los postres, Mariano sube el nivel de los argumentos señalan la hipocresía de quienes defienden a los animales pero no se preocupan por los niños que pasan hambre. 

A Mariano le preocupa el tema de la inmigración y los refugiados. Como cristiano que dice ser, a pesar de que lleva sin pisar una iglesia desde la comunión de su hija pequeña, reflexiona seriamente acerca de la posibilidad de que los musulmanes lleguen a ser mayoría en España. Le enfadan mucho los humoristas y tertulianos que critican a la Iglesia católica y callan ante el Islam. Con Mahoma no te atreves, es una frase lapidaria con la que suele zanjar acaloradas discusiones entre él mismo y la pantalla de su televisor. Sabe que el Islam es una religión de violencia y machismo. Algo que en España no se puede consentir. Las libertades conseguidas entre todos son sagradas. 

Mariano es taurino declarado, pero nunca va a los toros. Amante de las faenas de José Tomás, al que nunca ha visto torear en directo. Conoce una gran cantidad de términos taurinos con los que impresionar en los debates del bar. Considera que los antitaurinos son simples agitadores, violentos en su mayoría, que sólo odian la tauromaquia porque odian a España. Se empieza por atacar los toros y se termina por defender el terrorismo separatista. España son sus costumbres, y al que no le guste se puede marchar. A Cuba. O a Venezuela. 

Mariano siempre dice que él había sido de izquierdas durante muchos años. Votó al PSOE de Felipe González. Pero se dio cuenta, argumenta, de que socialismo era igual a pobreza, y comenzó a votar al Partido Popular. Llegó incluso a plantearse la posibilidad de afiliarse al partido. Se sentía muy identificado con José María Aznar, un hombre de clase media, como el mismo, que había llegado a lo más alto por méritos propios. En los últimos tiempos, Mariano ya no defiende al PP. Se han vuelto tibios, opina. No tienen una idea clara de España. Le gusta mucho lo que dice Albert Rivera. Cree que Ciudadanos es el futuro. Los únicos capaces de mantener a España unida al tiempo que frenan el populismo de la nueva izquierda. Sí, dice Mariano convencido, votaré a Ciudadanos en las próximas elecciones.

Mariano ama España. En su coche lleva varias pegatinas con la rojigualda. Y la pulsera con la bandera nunca falta en su muñeca. Ama tanto a España que ha comprado un par de libros de historia. Pío Moa y Javier Esparza. Muy recomendados en televisión y radio. Tiene firme intención de leerlos, en cuanto tenga tiempo. Para cargarse de argumentos con los que discutir a su cuñado el de Podemos. 

En la empresa de Mariano han empezado a despedir gente. Los beneficios han descendido, dicen desde dirección, y por el bien de todos los trabajadores deben prescindir de una parte de la plantilla. Mariano no se preocupa. Sabe que a él no le despedirán. Está tranquilo. Al fin y al cabo, es un trabajador imprescindible en la empresa. Echa una mirada por encima del monitor a los tres compañeros que recogen sus cosas con rostros arrasados por las lágrimas y la rabia. Mariano sonríe con disimulo. A él nunca le pasará algo así. No, nunca le pasará. Y continúa trabajando.    

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