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Odia al artista. Ama su obra.

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Siempre he sentido una enorme curiosidad, y un disimulado desprecio, por aquellas personas capaces de condenar la obra de un artista sólo por la ideología de éste. Personas con ideas tan claras y prístinas en sus cabezas y sus corazones que se permiten dejar de disfrutar de maravillosas obras de arte sólo porque sus creadores son de una u otra ideología. Es un fenómeno que se da tanto a la izquierda como a la derecha, tanto entre machistas irredentos como entre feministas bienintencionadas. Se da incluso entre colectivos que a priori deberían presentar una mayor tolerancia, como el LGTB. Hombres y mujeres que no separan la obra de su creador, meten todo en un mismo saco y lo arrojan a la hoguera de la indiferencia y el desprecio. Estoy bastante seguro de que, de poder hacerlo, lo arrojarían a una hoguera no tan metafórica.

Tal vez sea egoísmo por mi parte. Tal vez sea que mi pasión por la literatura y otras artes me llevan a ignorar las circunstancias de un autor con tal de poder disfrutar de su obra. Yo no consigo odiar una buena novela por muy despreciable que me parezca el escritor. No logro dejar de mirar fascinado una escultura o una pintura por muy manchadas que tenga de sangre el artista. Y no sé cómo sentirme al respecto. No sé si sentirme afortunado por tener esta capacidad de fascinación al margen de la catadura moral de los creadores o si esta característica mía me hace a mi mismo de dudosa catadura moral. Pondré algunos ejemplos.

No soporto a Arturo Pérez-Reverte. No aguanto su prepotencia, sus aires de saber acerca de todo mientras los demás somos legos que ignoramos todo. No puedo con sus desprecios hacia el feminismo y hacia todo lo que él considera un exceso de lo políticamente correcto. Me repatea su constante interpretación del mundo en base a quién tiene cojones y quién no los tiene, sus simplistas análisis de fenómenos muy complejos, y su mirada de triunfo cada vez que uno de sus millones de palmeros le aplaude embelesado. ¡Pero cómo disfruto con sus novelas! La narrativa de Pérez-Reverte, que para muchos es poco menos que mediocre, tiene para mi algo fascinante. No es sólo que sepa contar buenas historias, que sabe, sino que además tiene un admirable dominio de la lengua, un conocimiento del léxico y una capacidad para seducir al lector que pocos novelistas actuales aúnan. Desde “El Club Dumas” hasta “Hombres buenos” he disfrutado de cada uno de los trabajos de ficción que ha publicado Pérez-Reverte. Sus páginas me hacen volar; sus opiniones me hacen llorar. 

Odio y amo, como decía Catulo, a Joaquín Sabina. El cantautor de Úbeda forma parte de mi universo sentimental desde la niñez y la adolescencia. Crecí con sus canciones, aprendí a amar y a desear y a echar de menos con sus discos. Muchas de sus melodías llevan en mi cabeza y mi corazón nombre propio de mujeres y de hombres que amé y olvidé. Sabina es para mi un maestro indiscutible del verso, un poeta que ha glosado la realidad sentimental de la España de los ochenta y los noventa y que además ha sabido llegar al gran público. Y además es un músico con un directo sencillamente espectacular. Pero Sabina no sólo compone y canta. También habla… Pone su amor por la tauromaquia por delante de tantas cosas que ofende por sistema a los que como yo creemos que este mal llamado arte no es más que una tortura criminal encubierta en forma de tradición. Hay antitaurinos que han dejado de escuchar a Sabina. Yo no puedo hacerlo. 

Podría continuar con un largo etcétera. E incluso hablar de casos más polémicos. ¿Qué hacemos con el cine de Woody Allen si se confirma algún día por completo las acusaciones de abusos sexuales? ¿Qué hacemos con un Neruda que confiesa en su autobiografía haber violado a una muchacha? ¿Pueden los liberales leer a García Márquez o a Miguel Hernández sabiendo que eran comunistas convencidos? ¿Cómo disfrutan los socialistas de las novelas del liberal y cada día más radical Vargas Llosa?  Tantos y tantos casos de genios sublimes con vidas reprobables o marcadas ideológicamente que nos ponen ante la tesitura de si despreciarlos a ellos supone despreciar también su obra.

Como he dicho, no sé si mi incapacidad para odiar una obra de arte es una virtud o una carencia ética. Sea lo que sea, forma parte de mis gafas de ver el mundo. No tengo elección.

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