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El espectáculo que mató a la política

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Entras a las redes sociales un día cualquiera. Un partido de izquierdas ha hecho un meme con una fotografía de un dictador al que le han puesto gafas de sol acompañada de una ingeniosa frase. La idea ha sido compartida por miles de personas y recibida por aplausos e insultos a partes iguales. Más abajo. Un político que se denomina de centro se pasea por un barrio retirando lazos amarillos ante la atenta mirada de decenas de periodistas y fotógrafos que no se pierden ni uno solo de sus movimientos. Aplausos de sus votantes, e insultos de sus detractores, que pronto se olvidan del político para enzarzarse con otros opinadores. Más abajo. El presidente del gobierno, de visita en un país extranjero, hace una serie de declaraciones sobre temas que no conoce más que de oídas y afirma tener en marcha un proyecto inminente. Proyecto del que ni sus colaboradores ni sus ministros han oído hablar. Aplausos de los paniaguados e insultos de los que quieren ser paniaguados y no pueden. Más abajo. Otro político de derechas se hace fotos junto a una enorme valla metálica y habla de las decenas de miles de musculosos y fingidamente hambrientos africanos que se disponen a asaltar la vieja e indefensa Europa. No lo harán si soy presidente, recalca ufano ante los periodistas y fotógrafos. 

Políticos, marionetas divertidas y grotescas, elegidas cada vez más por su rostro agradable, su voz aterciopelada, su aspecto de hombre de bien o de revolucionario trasnochado.

Más abajo. Más abajo. Más abajo. Busco en mi pantalla una propuesta real, una reflexión política profunda, una idea poco popular para la audiencia del que la expone, algo que obliga al que escuche a pararse a pensar, que no apele a las entrañas y los genitales, sino al noble uso de la razón. Más abajo. Más abajo. Búsqueda infructuosa. Las escasas perlas de sensatez, las escasas reflexiones que merecen ser etiquetadas como políticas en el sentido más elevado de la palabra proceden de usuarios que, curiosamente, tiene en el mejor de los casos unos miles de seguidores, a años luz del impacto de los políticos y los tertulianos mediáticos. Perlas que viajan unos metros… y caen el olvido, desintegradas, muertas como una semilla arrojada al erial seco del campo descuidado. 

No hay política. Se busque donde se busque, no importa que sean las redes sociales, las televisiones, las radios, la vieja prensa impresa en papel… No hay política. Sólo hay espectáculo, ideas de consumo rápido para mentes que no desean hacer una pausa en sus vidas, que quieren escuchar sólo aquello que confirma sus esquemas, sus miedos y sus esperanzas. Sólo hay un espectáculo de títeres en el que no vemos las cuerdas, y mucho menos a los titiriteros. Sólo vemos a la marioneta que baila entusiasmada, esgrime su porra de madera, pide a la audiencia que le avisen si viene el lobo, insulta y se burla de los otros muñecos y se retira a un cajón de madera cuando llega la noche, feliz y satisfecha de haber cumplido con su obligación. Políticos, marionetas divertidas y grotescas, elegidas cada vez más por su rostro agradable, su voz aterciopelada, su aspecto de hombre de bien o de revolucionario trasnochado. Marionetas que han perdido la conciencia de ser muñecos y que se creen hombres de altas miras y elevados proyectos. 

Y nosotros, desde la grada, aplaudiendo a los títeres de cachiporra, riendo cada vez que dicen una palabrota o insultando al público del palco de enfrente. No nos den otra cosa, espectáculo es lo que queremos. 

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