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¿Por qué la República?

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Resulta tan curioso como triste tener que escribir en el siglo XXI acerca de un tema sobre el que ya se reflexionaba con seriedad hace milenios. ¿Es posible que en un mundo que presume de que la razón y los valores cívicos han triunfado sobre la barbarie de forma mayoritaria todavía haya que seguir dando vueltas a la absoluta necesidad de que todos nuestros gobernantes lleguen al poder por méritos propios y elección de sus conciudadanos? Lamentablemente no sólo es posible, sino que también es necesario. La monarquía, la idea de que la jefatura del estado puede transmitirse de padres a hijos como si fuera un patrimonio privado, es un concepto que se resiste a morir, que como el anciano Proteo cambia de forma para lograr que su irracional esencia continúe inmutable. 

¿Por qué la República? Tras la muerte del emperador Domiciano, el escritor Tácito, una de las mentes más claras y lúcidas que escribieron en época clásica, reflexionaba acerca de cuál había sido el papel de los nobles durante el reinado del último miembro de la dinastía Flavia. Tácito hace un duro análisis de conciencia y concluye que los que sobrevivieron a la tiranía de Domiciano fueron precisamente los que supieron estar callados, los cobardes, mientras los valientes caían bajo la espada del verdugo. En la muerte del tirano ve Tácito una oportunidad de recuperar la libertad en cierta forma, de hacerse con una dignidad que se les había negado durante décadas. Dice el escritor en su “Agrícola” que desde la llegada al poder de los emperadores, los ciudadanos romanos habían sido una parte más del patrimonio personal de unos déspotas, y que recuperar la libertad consistiría en volver a elegir a los gobernantes y a poder ser elegidos como tales. Es decir, que no hay libertad posible si toda la estructura del Estado no está abierta a la democracia y puede ser accesible para cualquiera que desee entrar en ella y tenga los méritos suficientes. Estamos hablando del siglo II d.C. Hace casi dos milenios.

Si Tácito levantara la cabeza en la España del siglo XXI descubriría que del mismo modo que sus contemporáneos habían sido patrimonio de los Julio-Claudios y los Flavios, así los españoles son patrimonio exclusivo de la casa de Borbón. Reyes que se pasan de padres a hijos el derecho a gobernarnos, sin más legitimidad que la costumbre y unas leyes que se hicieron a su medida bajo el constante ruido de sables que siguieron a la muerte del dictador Franco. Tácito no vio nunca su ansiada libertad recuperada, pues tras los Flavios llegaron los Antoninos, que si bien no se mostraban tan despóticos como sus predecesores, perpetuaron un sistema monárquico. Los españoles, dos mil años después, aún no hemos podido ver esa libertad de la que hablaba Tácito.  

La República, la lucha por ella, debería ser propósito firme de todo ciudadano que aspire a vivir en auténtica libertad, que reclame sus derechos a elegir y ser elegido.

La idea de la República no es, no puede ser, una construcción propia de la izquierda, como muchos parecen en empeñarse. Dejando atrás el debate acerca de la II República de 1931, cuya alargada sombra simbólica llega hasta nuestros días, la República ha de ser una idea que entronca directamente con los sistemas teóricos desarrollados a partir del siglo XVIII en la Ilustración y que barrieron el absolutismo en buena parte del mundo. La República significa justicia, libertad e igualdad, tres ideas que no pueden ser patrimonio de la izquierda ni de la derecha, sino que deberían ser compartidas por todo aquel que se denomine demócrata con un mínimo de seriedad. La República significa, como Tácito muy bien señaló desde sus limitaciones como aristócrata romano, la libertad de que todos los ciudadanos puedan elegir a su jefe del estado y puedan decidir cuándo ha llegado el momento de que éste se marche y dé paso a otro gobernante. La República significa que cualquier español pueda llegar a ser el jefe del Estado si cuenta con los méritos y los apoyos necesarios. La República significa que el nacimiento, algo que depende por completo del azar y es ajeno a cualquier sistema de méritos, ya no tiene peso en la estructura del Estado, que ha sido sustituido por un sistema racional de esfuerzo y virtudes. 

Resulta desolador ver cómo supuestos socialdemócratas o supuestos liberales abrazan la idea de la monarquía esgrimiendo argumentos tan peregrinos como la preparación de los monarcas, la estabilidad social o el impacto en la economía. Argumentos todos estos que se han utilizado a lo largo de los siglos para dar sostén a tiranías de todo tipo. Argumentos que no pueden sostenerse desde un punto de vista racional o ético con un mínimo de reflexión honrada a sus espaldas. Incluso aceptando que de forma tangencial un rey determinado pueda ser un buen gobernante, ¿qué nos asegura que se sucesor también lo será? Volviendo a Roma: tras Marco Aurelio, un buen emperador, gobernó su hijo Cómodo, un monstruoso tirano. ¿Habrá que esperar un Cómodo o un Calígula en España para que reaccionemos y nos demos cuenta de que seguimos siendo patrimonio de una familia? 

La República, la lucha por ella, debería ser propósito firme de todo ciudadano que aspire a vivir en auténtica libertad, que reclame sus derechos a elegir y ser elegido. Sin herencias del pasado, sin sombras de ideología de ningún tipo: una República en la que quepamos todos, construida bajo los signos de la razón y la libertad. ¿Qué amante de la democracia, sea liberal, conservador o socialdemócrata, no querría algo así?   

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