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Cuando todo es fascismo

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En las últimas décadas hemos asistido a un proceso sociológico tan interesante como peligroso en torno al uso del término fascismo. A medida que la sombra de la Segunda Guerra Mundial se ha ido alejando y las experiencias fascistas se han convertido más en un tema de investigación histórica que en un recuerdo real de los hombres y mujeres del mundo, el término fascismo y fascista han pasado a utilizarse de forma ligera, cotidiana, casi inconsciente, para referirnos a toda aquella actitud, política o no, que no concuerda con nuestra forma de pensar. De este modo, cuando un gobierno interviene demasiado en la vida de sus ciudadanos, pasa a ser considerado fascista. Cuando se prima el interés de las empresas sobre los ciudadanos, se es fascista. Cuando un padre impone una norma sin consensuarla con su hijo, es un fascista. De este modo, todo es susceptible de ser considerado fascista. Todo puede ser fascismo. Y cuando todo vale, automáticamente todo deja de valer. Si llenamos un término de significados dispares, conseguimos que desaparezca el significado original.

Hoy en día son muy pocos los que se identifican abiertamente con el fascismo clásico. Grupúsculos nostálgicos que consideran que la historia del nazismo y el fascismo italiano se ha contado de forma sesgada y que exigen respeto para una ideología que, para ellos, es perfectamente válida. Por suerte, son pocos, tienen poca voz y sus argumentos resultan tan pueriles que cualquiera con un mínimo de formación puede desmontarlos con facilidad. Esto quiere decir que en el siglo XXI, tanto la izquierda como la derecha liberal tienen en común su odio y su desprecio hacia el fascismo. Una buena noticia, si no fuera porque unos y otros han decidido tachar al rival de fascista, de forma que se vuelque en ellos todos los males que nuestras mentes sean capaces de imaginar. Para la izquierda, ya sea socialdemócrata o socialista, el liberalismo es una nueva forma de fascismo. Para la derecha liberal, cualquier estado intervencionista es comparable a un estado fascista. Todos somos fascistas para nuestros enemigos, y de este modo consiguen deshumanizarnos y pueden odiarnos con menos carga de conciencia. Es probable que esta tendencia la comenzaran las potencias occidentales en plena Guerra Fría, un momento en el que interesaba identificar al bloque soviético con todos los males imaginables, que no eran otros que los encarnados en la generación anterior con el fascismo. Todavía hoy no es raro ver en publicaciones y redes sociales la afirmación de que socialismo, e incluso socialdemocracia, y fascismo son lo mismo. 

Pero el fascismo no es nada de esto. Utilizar de forma gratuita el término fascista supone ignorar la obra de una gran cantidad de historiadores y politólogos que han dedicado su vida a investigar el fenómeno del fascismo y a encuadrarlo en su adecuado contexto. Es posible que el estudio más conocido al respecto sea el de Stanley Payne, un autor al que, aunque podamos achacarle una deriva hacia la derecha más radical en los últimos tiempos, hay que reconocerle un valor incuestionable como balance de su carrera. Payne hizo un gran esfuerzo para analizar los regímenes considerados fascistas y extraer de ellos sus características comunes. Detallar estas características resultaría muy largo, pero al menos podemos ofrecer algunos de sus rasgos principales. Para que una ideología pueda ser considerada fascista, ha de reunir las siguientes condiciones:

1- Culto al líder como individuo carismático que no debe rendir cuentas de sus actos.

2- Desprecio por la democracia parlamentaria. Sistema de partido único.

3- Exaltación de los rasgos considerados masculinos, y de entre ellos una predilección especial por la violencia como elemento positivo.

4- Retórica revolucionaria y populista que desaparece cuando se llega al poder y se produce la alianza con el gran capital.

5- Racismo y darwinismo social. Todos los elementos considerados asociales deben ser extirpados para evitar que el resto del cuerpo cívico se contagie. 

6- Exaltación de la juventud y de sus valores y desprecio de la viejo y conservador.

7- Movilización de las masas y gusto por los grandes actos presididos por el líder o el partido.

8- Totalitarismo entendido como el intento del estado por controlar todas las facetas de la vida de los ciudadanos.

9- Economía planificada combinada con el respeto a la propiedad privada.

10- Imperialismo presentado al pueblo como un legítimo deseo de recuperar espacios que antes pertenecieran al pueblo o bien de controlar nuevos espacios para poder desarrollar todo su potencial.

Como decimos, estos son sólo algunos de los rasgos que Payne y sus seguidores han señalado en los regímenes fascistas clásicos. Como es lógico, una caracterización tan detallada deja fuera muchos sistemas políticos, incluso algunos que de forma popular han sido caracterizados como fascistas. Pensemos por ejemplo en el régimen de Franco, una dictadura de cuatro décadas de duración que ha sido tachada de fascista en muchas ocasiones y que, sin embargo, no cumple todas estas características. Es cierto que los primeros años del franquismo tendieron a este modelo, pero parte de su éxito, como muy bien explicó Tusell, se explica por su capacidad para alejarse de él tras la Segunda Guerra Mundial. Puede resultar polémico y molesto, pero el franquismo no puede definirse como un fascismo sin caer en una excesiva generalización. Pero que no sea fascista no implica que no sea un régimen criminal; simplemente implica que hay que catalogarlo de otra manera. 

El uso del término fascismo debe ser, en consecuencia, cuidadoso y meditado. Como dijimos al comienzo de este artículo, cuando una etiqueta se pone con demasiada ligereza, dicha etiqueta acaba perdiendo su valor. Y la realidad es que necesitamos mantener muy viva la memoria de lo que fue el fascismo, precisamente para evitar que éste vuelva a resurgir. No es una amenaza vacía: los grupúsculos fascistas de los que hablábamos siguen ahí, pendientes de seducir a las masas en el momento en el que la crisis y la desesperación hagan sus mentes vulnerables.

Si creemos en la libertad, si creemos en la democracia, debemos ser muy estrictos con el uso que hacemos el término fascismo. No vaya a ser que el fascismo de verdad crezca de nuevo ante nuestros ojos y no nos demos cuenta. 

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