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¿Es necesaria la televisión pública en el siglo XXI?

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En estos días estamos asistiendo entre atónitos, divertidos e indiferentes a la tan necesaria renovación del equipo de responsables de la televisión y la radio públicas de España. Un tira y afloja entre diversos grupos políticos que en nombre de la independencia informativa tratan de situar en puestos de mando a periodistas más o menos cercanos a sus propios espíritus e intereses. Un toma y daca de acusaciones, chantajes encubiertos, reuniones secretas y votaciones públicas de los que se supone que saldrá una cúpula directiva más plural, diversa y profesional que la que hemos venido padeciendo estos últimos años. La renovación era sin duda necesaria. La búsqueda de la imparcialidad en el ente público televisivo, una urgencia. Y, sin embargo, no dejo de hacerme una pregunta. ¿Es realmente imprescindible contar con una televisión pública en el siglo XXI?

Los que argumentan a favor hablan en primer lugar de la información como un derecho al que todo el mundo tiene que poder acceder con independencia de su edad, su situación geográfica y su nivel de formación. El derecho a la información sin duda está ahí, pero no podemos olvidar que en pleno siglo XXI la televisión ha dejado de tener la exclusiva que antes ostentara junto a radios y periódicos de llevar la información a nuestras casas. Desengañémonos: las nuevas generaciones, y una parte no desdeñable de los que ya somos maduros, no se informan, no nos informamos, por medio de la televisión. 

Este papel lo han ocupado los medios digitales y las redes sociales, mucho más plurales, mucho más sencillas de filtrar y mucho menos susceptibles de estar controladas por el gobierno o el interés empresarial de turno. Cierto que la brecha tecnológica está ahí, y que hay una parte considerable de nuestra población que no accede a internet nunca por falta de medios (los menos) o de conocimientos (los más). Pero es una parte de la población que coincide con las cohortes más envejecidas de nuestra población, y que por tanto irá desapareciendo por una simple cuestión biológica. Tal vez hoy siga siendo necesaria la televisión pública para atender al derecho a la información de estas capas más envejecidas de la población que no controlan los medios digitales. Pero en un tiempo no muy lejano, esta realidad desaparecerá, por lo que sería buena idea abrir ya el debate sobre si, con una población más abierta a las nuevas tecnologías, la televisión pública seguirá siendo necesario.

Lo cierto es que la propia historia del ente público no ayuda a enarbolar argumentos en su favor. Desde la llegada de la democracia (obviamos por razones evidentes la fase de la televisión pública bajo la dictadura) TVE ha estado más tiempo bajo manos manipuladoras que bajo manos profesionales. Basta echar un vistazo a cualquier crónica de aquellos años para darnos cuentas de lo vergonzosa que llegó a a ser la manipulación de los servicios informativos en tiempos de Felipe González: un ente que existía por y para mayor gloria del ejecutivo socialista. El Partido Popular, que tanto criticó esto durante su largo peregrinaje en la oposición, tomó buena nota y convirtió la televisión pública en su cortijo particular con el objetivo de loar las hazañas nacionales e internacionales de su flamante líder José María Aznar. Sólo en tiempos de Zapatero se produjo un intento al menos de abrir la televisión pública a la pluralidad y ponerla bajo una cúpula más o menos independiente. Y digo un intento porque no se consiguió. No por falta de voluntad del ejecutivo, que tal existió, sino porque sencillamente es imposible enfocar un contenido audiovisual sin plasmar en él una ideología. Desde la elección del contenido, hasta el tiempo que se le dedica, pasando por el enfoque, el tono, las imágenes, la música… Todo es ideología, por mucho que lo queramos encubrir. Aún así, si existió una etapa que pueda calificarse de digna para el ente público, esa fue la de los gobiernos del PSOE. Con la llegada de Rajoy a la Moncloa, la televisión española regresó a los peores tiempos del felipismo y el aznarismo, y poco se puede rescatar de esta etapa.

Ane este panorama, ¿merece la pena continuar gastando esfuerzos y fondos públicos, tan necesarios en otros campos, en conservar un medio que ha sido durante casi toda su historia un órgano de propaganda? Muchos pensarán que la idea de cerrar la televisión pública responde a una ideología liberal conducente a la reducción del estado y el aumento de la iniciativa privada. No es este al menos mi punto de partida. Considero que cualquier socialdemócrata, como auténtico defensor del estado de bienestar, debe velar porque cada euro de las arcas públicas ofrezca el mayor rendimiento posible y devuelva el mayor rédito a los ciudadanos en diferentes formas. En definitiva, el estado de bienestar ha de ser sostenible y ha de satisfacer las necesidades reales de los ciudadanos. En pleno siglo XXI, una televisión pública supone una carga enorme en el apartado de gastos y un rédito muy pequeño en forma de beneficios para los contribuyentes. 

Que se renueve la cúpula de la televisión pública, correcto. Pero que se abra también el debate de si debemos caminar hacia la supresión de esta institución.   

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