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¿Dónde estaba la ultraderecha en España?

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En lo que se refiere al ascenso de los partidos de ultraderecha, España fue durante décadas un oasis excepcional en el que no había vida política más allá del Partido Popular. Mientras en otros países de Europa la ultraderecha más xenófoba y radical cobraba forma, ganaba escaños y elecciones y rozaba con la punta de los dedos el poder en algunos lugares, España parecía ajena a este proceso. Fueron décadas en las que pensar que en este país pudiera surgir un Jörg Haider o un Pym Fortuyn sólo cabía en los delirios de algunos votantes marginales que jamás podrían soñar que sus ansias de construir un país a su medida pudiera traducirse en unos resultados políticos sólidos. 

¿Qué ocurría en España para que la ultraderecha tuviera una representación tan marginal? Los historiadores y politólogos han ofrecido una gran cantidad de respuestas que posiblemente deben ser combinadas para alcanzar una panorama completo y real.

En primer lugar, no es cierto que en España no hubiera votantes de ultraderecha. Los ha habido siempre desde la muerte de Franco, en número más o menos significativo. Un país no se acuesta cómodamente instalado en una dictadura autoritaria con rancios recuerdos fascistas y se levanta democrático y moderno. En la España de la Transición, los votantes de ultraderecha se vieron divididos entre los más radicales y nostálgicos agrupados en torno a la figura de Blas Piñar, los más moderados y posibilistas que su unieron a las cambiantes e indefinidas huestes de Fraga y los muchos despistados que dividieron su voto en los diversos hijos bastardos que engendró FET de las JONS al disolverse. Esta división hizo que, ley electoral mediante, la representación de la ultraderecha comenzara siendo escasa para pasar después a no existir debido al cansancio de unos votantes que veían cómo sus votos no se traducían en escaños. 

¿Qué hicieron estos votantes de ultraderecha? Algunos, los menos, siguieron votando a opciones radicales ya conocidas, como las diversas Falanges, o a experimentos nuevos, como España 2000, mientras otros se sumaban al proyecto de Alianza Popular. Nacido de la mano de Fraga, el gran salto adelante de esta formación se produjo cuando José María Aznar tomó las riendas del partido y logró aglutinar a un electorado que iba desde el centro cansado de las políticas del PSOE de González hasta una ultraderecha que se encontraba a gusto en el discurso nacionalista y conservador de su nuevo líder. El gran mérito del PP fue, por tanto, que recogió los votos desde el antiguo centro en el que Suárez había tratado infructuosamente de pescar votos para lograr alargar su carrera hasta los nostálgicos del franquismo. Y ese es el primer gran motivo por el que en España no surgió un partido de ultraderecha: todos sus potenciales votantes siguieron fieles, de forma más o menos crítica al PP.

La herencia del franquismo es el segundo elemento que tenemos que tener en cuenta. Cuatro décadas de dictadura moldearon el alma de los españoles y convencieron a muchos de que sólo existía una forma de entender la derecha: un nacionalcatolicismo igual al forjado por los ideólogos del movimiento en los años cincuenta. Ser de derechas en España pasaba por ser católico y respetar los privilegios de la Iglesia católica. Ser conservador y cerrarse en banda a cualquier medida que propugnara un cambio social, como el aborto o la normalización de la homosexualidad. Ser patriota en lo económico y apostar por un estado fuerte que asegurara a los españoles un plácido bienestar y una protección de los productos nacionales frente a los extranjeros. Una forma de entender la derecha que chirriaba con los experimentos de ultraderecha que ya se estaban realizando en Europa. ¿Cómo habría encajado en la derecha española un líder como el holandés Pym Fortuyn, homosexual declarado de poses nada disimuladas? ¿Cómo habrían encajado los postulados económicos liberales que algunos grupos ultras empezaban a reclamar como propios?  En España el modelo de la ultraderecha empezaba y terminaba en el molde creado por FET de las JONS tras la guerra. Un modelo que tenía poco que ofrecer a los votantes de los años noventa, y menos aún de las décadas posteriores. Segundo motivo para explicar por qué no hubo una ultraderecha fuerte en España: la herencia del franquismo impidió que surgiera un experimento de ultraderecha moderno y atractivo. 

El tercer motivo es de corte económico. La llegada de la democracia a España permitió que el país se acerca a las instituciones europeas y que gracias a eso disfrutara de una prosperidad material desconocida hasta la fecha. En España se asociaba Europa con modernidad, con subvenciones y con mejoras en el nivel de vida, y dado que los partidos de ultraderecha solían promover la salida de España del mercado común y la recuperación de la soberanía, su discurso calaba poco en aquellos que estaban disfrutando de las bondades del europeísmo.

La irrupción de VOX en el panorama político ha hecho que España despierte de su largo ensueño y que muchos cobren conciencia de que la ultraderecha tiene una base electoral potente en el país que sólo estaba esperando a que alguien fuera capaz de aglutinar sus intereses. Un nacionalismo español feroz, altas dosis de demagogia, populismo fiscal que contenta los oídos de muchos votantes, una retórica agresiva que exalta la masculinidad y los valores tradicionales, un rechazo a elementos considerados perturbadores como la violencia de género o los derechos de los homosexuales y un posicionamiento férreo contra la libertad de movimiento de los inmigrantes han sido los elementos que han conseguido dar con la clave para lograr convertir a VOX en el primer gran partido de ultraderecha de la España democrática. Una situación de crisis económica que no termina de desaparecer, un desafío a la integridad del estado por parte del independentismo catalán y una sociedad cambiante que desconcierta a muchos pusieron el caldo de cultivo para que esta semilla germinara con fuerza.

La ultraderecha de España ya tiene quien la represente. Ya tienen una papeleta que depositar en las urnas. VOX ha sabido pescar en un río revuelto que ha recompensado su mensaje simplista y su retórica violenta e irracional. Y aunque muchos de sus elementos nos traigan ecos de una España que creíamos superada, e incluso de una Alemania o una Italia de los años treinta que creíamos que no volveríamos a ver, parece que VOX y la ultraderecha española han venido para quedarse.   

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