Crítica de libros

Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, de Ian Gibson

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CRITICA DE "LÍGERO DE EQUIPAJE. LA VIDA DE ANTONIO MACHADO", DE IAN GIBSON

Que Ian Gibson se ha convertido en una de las autoridades más respetadas en el campo de los estudios sobre la vida cultural del primer tercio del siglo XX en España es algo que está fuera de toda duda. Este irlandés que llegó a España en busca de los pasos perdidos de García Lorca y se enamoró del país que había asesinado y casi olvidado al poeta de Granada, trascendió muy pronto sus estudios lorquianos y comenzó a interesarse por el mundo que rodeó a Federico en su vida, desde la infancia hasta la madurez. De este modo, Gibson se ha lanzado a estudiar la biografía de otros escritores y artistas del mismo periodo, algunos de ellos, como Dalí o Buñuel, directamente relacionados con Lorca, y otros, como Machado, de relación más indirecta.

“Ligero de equipaje” aborda la vida de uno de los poetas más queridos y respetados de la España contemporánea: Antonio Machado. Querido y respetado por unos y por otros, pues su obra puede leerse tanto desde el punto de vista puramente estético que elide cualquier ideología política que pudiera defender el poeta, como desde un punto de vista más profundo y cargado de crítica social y compromiso. A pesar de que su posicionamiento en la guerra civil en el bando republicano le convirtieron en un enemigo del régimen de Franco, Machado, a diferencia de otros como Miguel Hernández, nunca dejó de ser leído en España. Sus libros no fueron obras clandestinas que tuvieron que esperar a los años sesenta para volver a salir a la luz pública, sino que se leyeron de forma abierta, incluso en el ámbito escolar. De Machado bastó con ocultar su activa vida política desde 1936 en adelante. “Campos de Castilla” y “Soledades” son obras lo suficientemente inofensivas como para que pudieran ponerse en manos de un escolar de los años cincuenta sin peligro de que su alma se encendiera en exceso. Con su biografía, Gibson no tiene que reivindicar a un poeta maldito en ciertos círculos, como sí le ocurrió con Lorca, sino simplemente recomponer algunas piezas de un puzzle que siempre se presentó incompleto. 

Reconstruir la vida de Machado no resulta complejo, pues antes de la biografía de Gibson ya existían otras que habían abordado esta cuestión y que recogían fuentes directas y útiles para el historiador. Con excepción de algunos episodios un poco más oscuros, como su relación con Pilar Valderrama, la biografía de Machado puede trazarse con bastante exactitud sin muchos quebraderos de cabeza. El principal problema que se presenta al autor que desea biografiar a Machado es hacer de esta vida algo interesante. Todo un reto sin duda, ya que Machado fue tan buen poeta como gris personaje, entregado a los libros y sumido siempre en una nube de melancolía tan profunda que el lector casi puede palparla con los dedos. Antonio Machado fue un hombre aburrido y lánguido al que la vida le llevó por experiencias y parajes acorde con este carácter. Especialmente tediosas, y el mismo Machado lo reconoce en sus escritos, fueron sus estancias como profesor en Segovia o Baeza, épocas muy fructíferas desde el punto de vista literario pero de escasa o nula actividad más allá de las clases, las lecturas y la escritura. Gibson apenas profundiza en estas etapas de la vida del poeta, no sabemos si por dificultad para encontrar fuentes al respecto o porque, sencillamente, no hay nada en lo que profundizar. 

La vida amorosa de Machado, intensa desde el punto de vista simbólico y escasa desde el punto de vista carnal, sí merece más atención por parte de Ian Gibson. Dos son los nombres que ponen rostro a la vida amorosa de Machado: Leonor Izquierdo y Pilar Valderrama. La relación con Leonor Izquierdo ha sido tan idealizada por los estudiosos como polémica resultaría hoy en día. Un machado bien entrado en la treintena que se enamora de una adolescente de catorce años. Parece ser que la niña correspondió a las pretensiones del poeta, y poco tiempo después, cuando Leonor ya había cumplido los quince años, ambos contrajeron matrimonio. Poco duró la dicha en la pareja, pues Leonor contrajo una enfermedad que los médicos de la época relacionaron con la tuberculosis y murió poco tiempo después. La muerte de Leonor sumió a Machado en una profunda melancolía que le acompañaría el resto de su vida. 

Muy diferente fue su relación con Pilar Valderrama, la Guiomar de los poemas machadianos. Una mujer madura, totalmente opuesta a la cándida y joven Leonor, casada y de buena familia. Gibson no se ahorra calificativos al calificar la relación de Valderrama con Machado. A juicio del biógrafo, fue una relación tormentosa para el poeta, que vio cómo su amada le hacía desplantes y desprecios y que, con el estallido del la guerra en 1936, le dio por completo la espalda. 

Y es, finalmente, el tema de la guerra, los últimos años de vida de Machado, donde encontramos la parte más interesante de la biografía escrita por Gibson. Sea porque sus conocimientos de los años de guerra son más ricos, sea porque la actividad de Machado se volvió más interesante en este final de su vida, al lector se le antojan escasas las páginas que dedica a este tiempo. Un Machado entregado a la defensa de la República, roto por dentro al ver cómo su España se desangraba, destrozado por verse separado de su hermano Manuel, que tomó partido por los golpistas. Machado se mantuvo siempre del lado de la democracia, y aunque nunca se definió como socialista ni como comunista, no ahorró elogios para las izquierdas que luchaban por frenar el fascismo en su país. Sin embargo, como bien refleja Gibson, las derrotas de la República y los avances de las tropas de Franco fueron sumiendo a Machado en un derrotismo cada vez más evidente. El poeta, como si fuera un símbolo vivo de la República y sis ideales, envejeció y enfermó, y en estas condiciones tuvo que escapar de Madrid, hacia Valencia primero, hacia la frontera con Francia después. Tal vez un hombre de sus contactos, con su hermano Manuel como uno de los poetas oficiales del nuevo régimen, habría encontrado acomodo en la España de Franco. Pero Machado prefirió marchar al exilio a renunciar a sus principios democráticos.

Resulta imposible leer las últimas páginas de la biografía de Machado sin sentir un nudo en la garganta. El poeta enfermo que, a pocos kilómetros de la frontera de su amada patria, se va apagando lentamente en compañía de su anciana madre. Su muerte en Collioure, el pequeño pueblo de Francia que le sirvió de refugio y morada eterna al poeta, es una de las grandes vergüenzas con la que todo Español debe vivir.     

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