Crítica de libros

Oriente Medio, Oriente roto, de Mikel Ayestaran

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A pesar de vivir en la era de la información, los ciudadanos medios de Europa sobre Oriente Próximo sabemos poco o nada. O peor aún, sabemos sólo lo que quieren que sepamos y cómo quieren que lo sepamos. Basta sintonizar el televisor en cualquiera de los canales mayoritarios para ver las noticias y observar cómo rebeldes se mezclan con yihadistas, los que ayer eran terroristas hoy son luchadores por la libertad y los antaño aliados son tratados como dictadores y viceversa. Los problemas del periodismo actual (reducción de plantillas, reducción de presupuestos, necesidad de noticias inmediatas y escaso tiempo para contrastar los datos) golpean con especial dureza en todo lo que se refiere a una región compleja y en permanente conflicto. 

Ante este panorama, libros como el “Oriente medio, Oriente roto” de Mikel Ayestaran son tremendamente necesarios. En primer lugar porque es de las pocas obras de divulgación reciente que trata de forma global la situación en Oriente Próximo. En segundo lugar porque el autor escribe acerca de algo que ha vivido y visto de primera mano, sin necesidad de recurrir a fuentes ajenas y siempre sospechosas de estar manipuladas. 

Oriente Medio, Oriente roto es un libro que se ha escrito demasiado pronto

Mikel Ayestaran es sin duda una de las voces más autorizadas para hablar de los conflictos que arrasan casi todos los países del llamado Medio Oriente, ya que sus pasos profesionales le han llevado a visitar prácticamente todos ellos en diversos momentos de las últimas décadas. Ayestaran estuvo presente en las llamadas primaveras árabes de Túnez y de Egipto, visitó el Yemen antes de la guerra abierta con Arabia Saudí, conoció la Siria en paz de los Asad y la Siria desgarrada tras la aparición en escena de los grupos yihadistas. Conoce además la realidad de Irán, de Líbano y de Afganistán, y se ha movido con habilidad tanto entre la población civil como entre militares locales y foráneos o entre diplomáticos y empresarios. Muy lejos de los periodistas que redactan sus noticias haciendo uso de información de agencia, cómodamente sentados en sus redacciones de las capitales europeas, el autor de “Oriente medio, Oriente roto” ha vivido en su piel cada una de las informaciones que da. Ha sentido el calor de las bombas y ha sentido el miedo de escuchar su estallido a pocos metros de distancia mientras trataba de dormir. Todo esto de por si solo ya es un punto de partida que merece un respeto. 

La estructura de “Oriente medio, Oriente roto” consiste en una serie de capítulos dedicados cada uno de ellos a un país concreto. De este modo, viajamos de Siria a Afganistán, de ahí a Iraq, a Túnez, a Egipto, a Yemen, a Israel y de vuelta a Siria y el drama de los refugiados. 

Uno de los principales problemas del libro es que resulta demasiado ambicioso para el escaso espacio que dedica a cada tema. No sabemos si por exigencia editorial o por deseo del autor, pero la realidad es que los capítulos resultan muy cortos y siempre se echa en falta un análisis más amplio y rigurosos de unos fenómenos que en demasiadas ocasiones quedan reducidos al nivel de la anécdota. Cierto que muchas veces la anécdota vivida en primera persona resulta tan ilustrativa como un análisis profundo. Pero lo habitual es que la anécdota quede colgando en el vacío si no se la enmarca en un contexto amplio bien explicado. “Oriente medio, Oriente roto” habría necesitado que cada capítulo se convirtiera en un libro completo para satisfacer la curiosidad de un determinado perfil de lector.

Muy relacionado con este tema aparece el que es el gran problema del libro. “Oriente medio, Oriente roto” aborda el marco cronológico del estallido de las primaveras árabes y sus consecuencias inmediatas. Es decir, se limita a un momento de gran confusión en el que las ansias de democracia se mezclaban con los primeros pasos de una incipiente hegemonía de los grupos yihadistas que al final acabaron imponiéndose. Ayestaran habla del proceso que acabó con la muerte de Gadafi en Libia con el apoyo militar de la OTAN, pero no se adentra en qué es lo que ocurrió posteriormente en un país que hoy vive sumido en el caos y el desgobierno absoluto. Habla de los jóvenes egipcios formados en universidades europeas que se movilizaron para derrocar a Mubarak en Egipto, pero no dice nada de cómo los Hermanos Musulmanes estuvieron a punto de crear una teocracia integrista en el país poco tiempo después. Sí se extiende un poco más en el tema de Siria y en cómo los grupos rebeldes que pedían libertad fueron engullidos por Al Nusra y el llamado Estado Islámico con la pasividad de Estados Unidos y la inmediata reacción de Rusia. 

“Oriente medio, Oriente roto” es, en consecuencia, un libro que se ha escrito demasiado pronto y que deja demasiados flecos pendientes. Las llamadas primaveras árabes son presentadas con un halo de optimismo que desde luego habría que matizar a la vista de en qué se convirtieron poco tiempo después de su estallido. Esa ola de democracia que se nos vendió en Occidente como algo positivo ha resultado ser una marea de radicalismo islámico que se ha llevado con ella países como Libia que, si bien podían se catalogados como dictaduras autoritarias sin respeto alguno por los derechos humanos, ofrecían una cierta estabilidad a la región. 

Sería interesante conocer la opinión del autor acerca de estos procesos una vez han transcurrido varios años desde su estallido.

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