Crítica de libros

Transición, de Santos Juliá

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CRÍTICA DE "TRANSICIÓN", DE SANTOS JULIÁ

“Transición” es una de las obras más importantes aparecidas en los últimos años acerca de la política española de las últimas décadas. En este trabajo, el historiador Santos Juliá aborda un estudio del concepto de “transición” más allá de lo que se ha entendido por éste de forma tradicional en las monografías de historiadores y politólogos que han abordado el tema. Por norma general, los estudios acerca de la Transición española comienzan su relato con la muerte de Franco en 1975, dedicando tal vez un pequeño preliminar a las circunstancias en las que se produjo el tan temido como ansiado “hecho biológico”. No hay tanto consenso, sin embargo, en dónde se debe poner punto y final a este tipo de estudios. Es decir, los especialistas se han puesto de acuerdo en comenzar la Transición española en 1975 pero no han conseguido un consenso acerca de si llevarla hasta la victoria socialista de 1982, la llegada al poder del Partido Popular en 1996 o incluso si afirmar que la Transición española es un proceso aún vivo y en marcha. 

Quienes habían sido encarnizados rivales parlamentarios en la República se sentaron en una mesa con un mismo objetivo: sacar a España del franquismo

“Transición” de Santos Juliá rompe con este esquema, y esta ruptura es su primer acierto. En lugar de comenzar su trabajo con la muerte del dictador, lo hace con el estallido de la guerra civil en 1936, momento en el cual numerosas personalidades comenzaron a hablar de una necesaria transición hacia un sistema nuevo, distinto de la República de 1931 y desde luego distinto de cualquier cosa que pudiera salir del proyecto golpista de Franco. Manuel Azaña fue sin duda el principal valedor de esta transición en pleno conflicto. Como presidente de la República pidió ayuda a las principales naciones democráticas, con Inglaterra a la cabeza. Naciones que, escudándose en el pacto de no intervención que habían firmado de forma cínica con las potencias fascistas, dieron la espalda a la democracia española. Azaña y los que abogaban por una solución dialogada se vieron engullidos por la espiral de violencia que los dejó a un lado en favor de otros, como Negrín, apostaban por continuar con la guerra hasta la victoria. Hay que señalar que Santos Juliá no menciona las propuestas de salir del conflicto e iniciar una transición hechas por otros personajes como el mismo José Antonio Primo de Rivera, que habló de este tema desde su encierro en prisión. 

Es, sin embargo, al acabar la guerra y establecerse el régimen franquista cuando comenzaron los mayores esfuerzos por iniciar un auténtico proceso de transición hacia un sistema democrático. Con mayores o menores garantías democráticas, en forma de monarquía o de república, pero transición para salir de ese sistema a medio camino entre totalitarismo y autoritarismo que encarnó el dictador Franco. Estos esfuerzos, curiosamente silenciados por casi toda la historiografía que ha estudiado la Transición, partieron tanto desde los exiliados, los grandes derrotados de la guerra civil, como de determinados sectores del franquismo, que vieron en el régimen de Franco un callejón sin salida del que España debía desprenderse. No existió prácticamente ninguna fuerza política en el exilio, desde el PCE de Carrillo hasta el círculo de monárquicos de don Juan, que no hiciera llamamientos para una reconciliación seguida de la una transición hacia otro sistema. Y muchos de estos llamamientos pasaban por superar los enfrentamientos de la guerra civil, como demuestran las reuniones de Indalecio Prieto y Gil Robles en Londres para sondear los posibles puntos en común entre socialistas y monárquicos. Quienes habían sido encarnizados rivales parlamentarios en la República se sentaron en una mesa con un mismo objetivo: sacar a España del franquismo. Este tipo de reuniones, con muy diferentes protagonistas, se repitieron a lo largo de la década de los cuarenta, de los cincuenta y de los sesenta, y crearon una base sobre la que todos creyeron que se podría construir un nuevo país. Incluso el PCE, al que en el contexto de la Guerra Fría todos dejaban de lado a la hora de construir alianzas, hablaba de reconciliación, de democracia y de la necesidad de convocar un referendum para que los españoles decidieran la forma de su nuevo estado. 

Todos estos esfuerzos, todas estas transiciones ideadas desde fuera, cayeron en saco roto. La transición que finalmente se impuso, la Transición con mayúsculas que ha pasado a la Historia, la hizo Franco a su medida. Escogió el régimen y escogió el jefe del estado. Escogió los tiempos y escogió el modo. De este modo, la monarquía que nació en 1975 fue la monarquía del 18 de julio, y así era denominada para dejar muy claro de dónde procedía su legitimidad. Resulta curioso que la inmensa mayoría de los que lucharon por la transición durante el franquismo quedaron desplazados tras la muerte del dictador por aquellos que o habían disfrutado de los beneficios del régimen (con Fraga, Suárez y su equipo a la cabeza) o no habían hecho absolutamente nada (con los jóvenes liderados por Felipe González) que se hicieron con el control del PSOE. Ni Llopis, ni Gil Robles ni tantos otros tuvieron papel alguno en este proceso. Un dato digno de reflexión. 

Con la muerte de Franco no termina “Transición”, pero sí termina su parte más interesante. Poco aporta Santos Juliá al siguiente periodo histórico, el que abarca desde la muerte de Franco a los años ochenta, que no se haya dicho ya en muchas otras obras.

La última parte del estudio vuelve a llamar la atención del lector, pero en esta ocasión de forma negativa. Cuando el autor aborda el estudio de los últimos años, del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y los fenómenos que lo acompañaron, parece perder el tono comedido que había caracterizado su escritura en el resto de la obra. Vierte opiniones personales viscerales, abandona el uso estricto de las fuentes… Es decir, pasa de ser un historiador a convertirse en un periodista, o peor aun, en un tertuliano. No quiere decir esto que estas páginas carezcan de interés, pues sería una afirmación injusta, pero desde luego no resiste la comparación con la serenidad y el acierto de la primera parte del libro. Como puntos fuertes hay que señalar su análisis de cómo todos los políticos que han llegado al poder, con José María Aznar como principal representante, han hablado de que con ellos comenzaba una nueva transición. 

“Transición” es, desde mi punto de vista, uno de los mejores libros que se ha escrito de este tema en los últimos años. Tanto por la solvencia intelectual del autor, como por su absoluto dominio del periodo abordado y de sus fuentes, y, ante todo, por el cambio de perspectiva que supone iniciar el estudio de las transiciones en la misma guerra civil y no en a muerte de Franco. Como Santos Juliá demuestra, existieron muchos modelos de transiciones desde la ruptura de la paz en 1936. Por desgracia, y esta es opinión exclusivamente mía, fue una de las peores opciones la que finalmente triunfó y se materializó, dando lugar a un nuevo régimen que, por mucho que se defina como democrático, debe su legitimidad a la voluntad de un dictador muerto. 

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